Breve historia del cine-teatro Olympia (Conmemorando sus 100 años)

Poco a poco se va acabando el 2015, y desde Valencia History Tour no queríamos despedirnos de él sin recordar un aniversario que, a mi parecer, ha pasado un tanto desapercibido: el centenario del teatro-cine Olympia. ¡Qué mejor excusa para dedicarle un artículo!

En la calle de San Vicente, en pleno centro y al lado de la plaza del Ayuntamiento, después de 100 años se encuentra el edificio del teatro, primero, después cine, y a partir de 1952,otra vez dedicado a la representación de obras dramáticas. 

Fue levantado en los solares donde se ubicó el convento de San Gregorio hasta 1911, cuando fue derribado para urbanizar esta parte de la ciudad. El encargado de erigir el inmueble fue arquitecto Vicente Rodriguez, que le dio un estilo postmodernista

Según la crónica del periódico de la época, Las Provincias, afirmaba: “La imaginación de este coliseo había despertado gran expectación, no sólo por el deseo de conocer la nueva obra, sino por la clase de espectáculo”.

La curiosidad fue satisfecha cuando se anunció su primera función, una ópera llamada El barbero de Sevilla a la que siguieron… Tosca, Manon, Rigoletto… 10533456_10152316080367261_952746297892372612_n

En 1917 se empezó a programar cine, alternándose con otros espectáculos, pero las frecuentes proyecciones de películas, hizo que el público identificara al Olympia como un cine y se convirtió desde entonces en sinónimo de la historia del cine en la ciudad.

Mucho tuvo que ver el empresario Ángel Pérez del Val, que supo programar su salón con numerosos éxitos. Son los tiempos del inolvidable cine mudo, de una calidad envidiable, que conectaba con las preferencias de los asistentes de aquel momento, siendo sus principales rivales del Lírico y el Gran Teatro.

A finales de los años 20 llegan las primeras películas sonoras y el Olymipa rápidamente se transforma en una de las salas que estrenará este nuevo género junto con el Lírico, en sana competencia, siendo en el Olympia donde se podrá ver en la ciudad  la primera película sonora el 5 de febrero de 1930, ¿la elegida? El clásico El arca de Noé (1928) de Michael Curtiz, producida por la Warner Bros.

La década de los años 30, con la irrupción de más salas, supondrá un retroceso en los resultados del cine, aunque los dueños del edificio siguieron contando con Ángel Pérez del Val, empeñado en que el Olympia siguiera codeándose entre los mejores de Valencia. Para conseguirlo, no dudó en firmar contratos publicitarios y hacer una mayor promoción, y en la década siguiente, cuando llega con fuerza el cine norteamericano, adaptándose a ello con todo lo que conllevaba.

Pero, la gran competencia del cine Rex, antes conocido como Gran Teatro y el buen hacer del Capitol sumieron al Olympia en una crisis de afluencia de público. La consecuencia de esta situación llegó a principios de los años 50, cuando Ángel Pérez del Val dejó de ser el empresario y se hizo cargo del cine Callao Espectáculos, de la que formaba parte Enrique Fayos, que, a la postre, sería el máximo responsable del Olympia durante muchos años y que le devolvería el esplendor perdido.

La última fecha a recordar fue 1983, cuando murió definitivamente como cine, pero lejos de desaparecer, se reconvirtió en un teatro, que todavía hoy es gestionado por los Fayos, los hijos de Enrique Fayos, los hermanos Fayos Bonell, programando en su sala con capacidad para más de 1100 espectadores (casi 900 en el patio de butacas) teatro comercial y de calidad, infantil, monólogos…

¡Felicidades por estos 100 años de vida y un brindis por muchos más!

Fuente: El libro de los cines de Valencia (1896-2014) Miguel Tejedor Sánchez, Editors Carena, 2014.

¡Mateu cumple 100 representaciones! (Ruta gótica)

El pasado 7 de mayo, Mateu, el enterrador más locuaz y enterado del siglo XV de la capital valenciana cumplió 100 salidas, 100 paseos enseñando la ciudad que él conoció de primera mano.

Corría el otoño de 2013 cuando se presentaba un extraño personaje, cuya tumba había sido profanada por motivos que él aún sigue desconociendo, aunque tiene su aquel. Siempre acompañado de su inseparable pala ha enseñado a grandes y a pequeños historias poco conocidas de sus tiempos.

A Mateu le asaltan innumerables recuerdos de sus paseos, por ejemplo, unas jóvenes bautizaron su recorrido con el original título de “Las tres mus: mujeres, mulas y muertes”, que, aunque evidentemente tienen su protagonismo, cada una lo tiene por separado y en su contexto. A nuestro enterrador le pareció ingenioso.

Le llama la atención unas calles tan limpias, por lo menos, comparadas con las de sus días, todas empedradas, y cosas con ruedas… como tablas y artilugios que hoy en día llaman “bicicletas”.

10342403_10152105462647261_6146628279760275368_nPero, sin embargo, hay otros aspectos que no han cambiado, como el repicar de las campanas, (a veces cree que anuncia su llegada cuando se acerca a una iglesia  junto con el grupo), o las procesiones, como aquella ocasión en la que hablaba de las de su época y por la misma calle que estaba (Caballeros) se avecinaba un modesto desfile religioso que le vino de perlas para sus explicaciones.

Últimamente repite mucho una frase cuando se encuentra con gentes desconocidas que a los asistentes les hace gracia: “¡Siempre hay espontáneos!” o cuando siempre pasa por una plaza y un señor vestido de negro (un camarero) le dice al grupo: “No se crean nada, todo lo que cuenta es mentira, es un loco que se ha disfrazado”. A lo que Mateu lanza a sus seguidores “No sé quien es”.

En este sentido, uno de los mejores momentos fue cuando contaba una historia de unas brujas y apareció una mujer en un estado etílico importante que le quiso quitar su apreciada pala. Mateu se preguntaba si la quería para utilizarla como una escoba voladora.

No quisiéramos terminar sin agradecer a todos los que han viajado al siglo XV con Mateu, en especial a los diferentes colaboradores que ha tenido, entre ellos, a Salva y, sobre todo, a Andrea.

Después de dos horas, Mateu se despide teniendo como marco incomparable de las Torres de Serranos, en la que, por lo menos una noche, al acabar su perorata, las luces que alumbraban las Torres se apagaron. Si estaba preparado o no, cada uno que saque sus propias conclusiones. “¡Carpe diem!” clama Mateu finalmente. Por 100 rutas más. ¡Hasta pronto!

Breve historia de la Albufera y II.

Ya en el siglo XIX, después de la donación que realizó Napoleón al mariscal Suchet durante la Guerra de Independencia, elevándole a duque de la Albufera, volvió a los dominios reales con Isabel II en 1834 hasta que unos treinta años después perteneció al Estado.

En los años veinte de 1900, concretamente en 1927, el Consistorio valenciano compró el lago de la Albufera y la Dehesa por poco más de un millón de las antiguas pesetas. A partir de entonces, el paraje natural se vio amenazado muy seriamente por una “enfermedad” llamada especulación del suelo.

Después de la guerra civil, durante la dictadura franquista se permitió llevar a cabo un plan de Ordenación del Monte de la Dehesa. El ayuntamiento cedió unos terrenos al Ministerio de Información y Turismo para crear un campo de golf y un parador turístico, planes que se hicieron realidad tiempo después y que, hoy en día, perduran.

En 1967 fue un año clave, pues desde el Ayuntamiento valenciano se inicia el Plan de Ordenación del Saler, omitiendo el informe de la Real Sociedad Española de Historia Natural que mantenía sus dudas sobre un futuro sostenible tanto de la Albufera como de su entorno.  El citado plan estaba encaminado a levantar un hipódromo.

346La televisión se hizo eco de esta penosa y vergonzosa situación y despertó gran interés  preocupación de la opinión ciudadana a principios de los años 70. El popular naturalista Félix Rodríguez de la Fuente denunció estos hechos en el ente público lo que provocó una ola de protestas  y polémicas desde ecologistas, biólogos, pasando por periodistas, que junto a la gente de a pie, se rebelaron frente a esta escandalosa situación que se plasmaron en recursos, alegaciones, artículos periodísticos, etc.

Ante este malestar social, en 1973 el gobierno del “cap i casal” suspendió la subasta de parcelas. La idea se reducía a la mitad de lo que en un principio se había proyectado, pero no impidió que se siguiera como si nada.

Durante la Transición, las protestas de lasasociaciones de vecinos y partidos políticos en contra se hicieron patentes en un lema “El Saler per al poble”.

El Plan finalmente fracasó, y en 1979, recién estrenada la democracia, una comisión de seguimiento cambió su filosofía  para tomar medidas proteccionistas encauzadas a convertir tanto al Albufera y la Dehesa en un espacio público.

De esta manera, los sucesivos enterramientos de marjal del siglo XX, inicio de la especulación y sobreexplotación de la Albufera, fueron recuerdos del pasado, cuando en 1986 fue declarado Parque Natural.

En ese texto jurídico se  protege de manera significativa el paraje, manteniendo sus usos tradicionales junto con otros medioambientales, siendo un punto de encuentro entre las personas y  la naturaleza.

Pero, sin embargo, estas buenas intenciones no se cumplieron, pues en 2002, el Tribunal Supremo echó por tierra esta declaración por defectos de forma, lo que supone una amenaza de especuladores y enemigos de la Naturaleza…

Desde entonces, diversas asociaciones ecologistas denuncian cualquier abuso o incumplimiento de la ley sobre este lugar incomparable ya sea de particulares, empresas o instituciones públicas.

Para saber más: La Albufera Guía para descubrir el Parque Nacional. Paco Tortosa y Pepe Prósper. PUV. 2009. Valencia.

Breve Historia de la Albufera (I)

Breve historia de la Albufera (I).

De la Albufera tenemos noticias incluso antes de la fundación de Valencia. Ya en el siglo IV el escritor Rufus Festus Avienus, más conocido como Avieno, nos la menciona. En aquella primera época se piensa que abarcaría 30.000 hectáreas.

Siglos más tarde, a principios del siglo XII había menguado un tercio, es decir, tendría en torno a 20.000 según el plano de Sidi Abn Said. Los musulmanes le bautizaron como Al-buhaira (el lago).

De todas maneras, según documentos oficiales, la Albufera no existiría tal y como la conocemos, de manera controlada por la mano del hombre, hasta la conquista cristiana, archivos, que por suerte, nos han llegado a nuestros días.

Por aquel entonces, tanto la Albufera como la Dehesa fueron un privilegio de Jaime I que se reservó estos terrenos como Patrimonio de la Corona desde la toma de la capital del Turia en 1238.

Ya, en ese momento, se protegieron mediante ejércitos oficiales la fauna y la flora del lugar, como ciervos, jabalíes, perdices, conejos, así como también los numerosos pinos, olivos, lentiscos y palmeras.

Con esta diversidad y riqueza del paraje, tanto la Albufera y la Dehesa (los terrenos que  circundan al gran lago) fueron cedidas a manos particulares para su “explotación”, para volver siempre a la monarquía, que la consideró, nunca mejor dicho, como “la joya de la Corona”.
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Como muestra un botón. En 1761 Carlos III firmó la Real Orden “exigiendo” su buen uso, régimen y mantenimiento, detallando a través de indicaciones necesarias el funcionamiento de canales o “goles” (gargantas).*

Estas normas siguieron vigentes hasta el siglo XX. El citado rey ordenó además, cartografiar el lago, que, en aquella época, suponía casi 14.000 hectáreas.

La delimitación de la Albufera se ha producido en varias ocasiones mediante amojonamientos, colección de “mojones o hitos”, señales que marcan el principio y el fin de cada término municipal del entorno del lago.

El de 1577 fue el primero, con resultados satisfactorios. De los posteriores se ha conservado poca información y, aunque alguna excepción hay, el de 1761, que afectó a los términos de Sueca y Cullera, según algunos historiadores, se llevó a cabo por la siembra de arroz y el reparto del lago entre los vecinos. De todas maneras, la Corona tenía que mostrarse firme en una posible discriminación territorial.

Unos años más tarde, en 1795, el botánico Cavanilles escribió un libro sobre la Albufera y La Dehesa y cartografió su entorno. Comprobó que en treinta años había perdido casi la mitad de sus dimensiones, llegando a poco más de 8.000 hectáreas.

 

*Habría que definir qué son estas “goles” ( bocas o gargantas). Son los amplios canales que comunican el lago con el mar, unos proveyendo de agua marina al lago, y otros de agua propia del lago al mar. Una de sus características que hace de este lago un ecosistema especial. Actualmente hay tres, “gola de Puchol”, “gola de Perellonet” y “gola de Perelló”. Si no recuerdo mal, dos de ellos son artificiales.

 

Para saber más: La Albufera Guía para descubrir el Parque Nacional. Paco Tortosa y Pepe Prósper. PUV. 2009. Valencia.

Breve historia del Corpus Christi en Valencia (II)

El nacimiento de más rocas que preparaban los conventos, de las que hablamos brevemente en la primera parte, hicieron crecer tanto los gastos que la ciudad decidió mantenerlas y guarecerlas en una casa; primero en la plaza del Portal de Serrans, hoy plaza de los Fueros, (la Casa dels Entramesos en 1431) y debido a la falta de espacio, se reubicó cuatro años después en la actual Casa de les Roques en la calle Roteros, ambas construidas ex profeso.

A lo largo del tiempo, las rocas sufrieron significativos cambios no sólo en su número también en su temática. Entre las más destacadas están: la Diablera o la de Plutón, SanVicente Ferrer, ambas de 1512 y de la Trinidad (1665).

Con respecto a las danzas, las más importantes se remontan a los juegos de los siglos XV y XVI, de las que sobresalen los momos, que se realizaban en diversas rocas, en estas coreografías había más personajes como el diablo mayor, una diablesa, pajes del diablo…

Por influencia castellana, a finales de 1500 se incluyeron la danza de gigantes y cabezudos, en versión autóctona, en principio, dos nanos y ocho gigantes. Entre los bailes de la época estaban les baixes, sarabandes, xacones, etc.

Como las modas cambian, en el siglo siguiente se introdujeron otras danzas, como las de bastonets, las de gitanos o gitanes, moros y cristianos… La idiosincrasia de la fiesta se mantuvo con el transcurrir del tiempo, perdurando su esplendor, lo que no fue óbice para que sufriera variaciones  más acordes con la época del momento, como en algunas danzas como la de gitanes y momos, que simbolizaban los siete pecados capitales y la aparición de la Moma, personificación de la virtud.
La moma y los momos
  A finales del siglo XVIII, la fiesta se tuvo que “ver las caras” con la Ilustración que, en diversas ocasiones, prohibiendo las danzas y gigantes en las procesiones religiosas, lo que conllevó que el desfile lúdico se desvinculara con la procesión.

Con respecto a la organización de los actos, comenzaba con una crida pública que se convertiría años después en una cabalgata. Se sabe cómo era a finales de 1600 por un escrito titulado: Ceremonial de la ciudad de Valencia para la fiesta del Corpus en el que se detalla el orden de la comitiva, que lidera el capellán de la ciudad sobre un caballo, tras él, diversas danzas y misterios. Su finalidad era invitar y anunciar la fiesta en nombre de las autoridades.

Por aquella época, se trasladó la procesión a la mañana y los entremeses y misteris a la víspera del Corpus. No era la primera vez que la procesión se realizaba en horario matutino, pues hasta 1506 fue así, pero para evitar que acabara ya de noche, se cambió el horario, otra muestra de las constantes variaciones que ha sufrido la fiesta.

Aunque, se puede afirmar que desde finales de 1700 se ha mantenido el orden de la procesión dividida en tres partes, que, grosso modo, sería: en una primera parte, estaría encabezada por las Rocas, los gigantes, después los gremios, según su importancia, seguidos de la retahíla de personajes bíblicos. En una segunda parte, abría el séquito el perrero de la catedral, las órdenes religiosas y la cerraban más simbologías bíblicas. Y en la tercera parte, los sacerdotes de la catedral, acompañados de custodias y más personajes bíblicos, la nobleza, y en último término, la hostia consagrada.

Con el siglo XIX llegó su decadencia, debido a cambios políticos, como la Revolución burguesa y la desamortización de Mendizábal, lo que hizo que los gremios y órdenes religiosas no participasen y se prohibiesen danzas y comparsas.

No será hasta la década de los setenta de 1900 cuando iniciativas particulares junto a la creación de Amigos del Corpus de la ciudad de Valencia (1977) retomen esta fiesta centenaria, devolviéndole todo su vigor y dinamismo que mantiene hoy en día.

 

Para saber más: Calendario de las fiestas de la Comunidad Valenciana. Primavera. En su capítulo dedicado al Corpus Christi. Antonio Ariño Villarroya. Bancaja, 1999. Valencia.

Breve historia de la fiesta del Corpus Christi en Valencia (I)

Durante varias centurias esta fiesta religiosa del culto cristiano se ha mantenido como una de las más importantes en el calendario católico. Habría que empezar definiéndola. Se trata de un tributo público y solemne a la Eucaristía de cada iglesia que tiene como acto más notable una procesión.

En este desfile recorren las calles un número considerable de gente y todas las corporaciones de la ciudad, cantando himnos, interpretando danzas, misterios, etc.

En un principio, se estableció el jueves siguiente a la octava de Pentecostés, es decir, que dependía de la Pascua, por tanto, no era ningún día fijo. Con el transcurrir de los años y la venida de la economía industrial se pasó al domingo siguiente del jueves que correspondería, para no entorpecer la actividad laboral, como ha llegado a nuestros días.

Los orígenes de esta fiesta hay que buscarlos en la ciudad de Lieja, Bélgica, en 1246, ciudad influida por grupos laicos que renovaron la espiritualidad de la época, que daban más importancia a la Eucaristía.

Casi dos décadas después, el papa Urbano II, antiguo arcediano de Lieja, instituyó formalmente la fiesta del Corpus Christi y, poco a poco, se fue extendiendo sobre destacadas ciudades europeas, convirtiéndose en una fiesta mayor mediante indulgencias y relatos sobre milagros.

En lo que respecta a Valencia, las primeras referencias se remontan a 1326, cuando aparece en una lista de fiestas a respetar por el Consell cada año. Sin embargo, la gran procesión por la que se identifica la festividad no se celebraría hasta 1355, por iniciativa del obispo de la ciudad, Hug de Fenollet.

011 Años más tarde (1372), la fiesta retomaría cierto empuje gracias al nuevo obispo Jaume d’Aragó, con una crida pública anunciando una única procesión, ya que hasta la fecha se realizaban varias por diferentes parroquias.

A partir de estos años (1380-1425), coincidiendo con una mejora económica y basándose en las entradas reales y su ritual, se fue transformando en la procesión que causó sensación.

Para ello, no se escatimaron gastos, se dedicaron unas doscientas libras anuales de las arcas públicas y se coordinaron los jurats y los cuatro prohoms (prohombres). Asimismo, se estableció un orden que reflejaba la jerarquía y la dignidad de los diferentes estamentos y se cambió el recorrido en varias ocasiones.

Por las mismas fechas aparecen elementos alegóricos, como, por ejemplo, un grupo de cantores acompañando el desfile con las caras tapadas e instrumentos de cuerda. Después se multiplicará su número que darán lugar a ángeles, santos, apóstoles, patriarcas, profetas… y animales como serpientes, águilas, dragones, diablos… La mayoría de estos personajes aparecen relacionados o con objetos y atributos que recuerdan sus actos, pasajes de su santa vida o relatos conocidos como “la serp e l’arbre sec” (“la serpiente y el árbol seco”) con Adán y Eva.

En otro plano, la comitiva tenía un carácter cívico-político, ya no sólo en su organización, sino en otros aspectos. La presencia de magistrados elegidos poco antes, en Pentecostés, indicaba su reconocimiento ante la sociedad, y su muestra pública de su juramento a su cargo ante las autoridades.

Otros elementos que se añadieron fueron los entremeses, les Roques (Rocas) y las danzas.

En primer lugar, los entremeses fueron adaptaciones de las que ya se realizaban en las entradas reales, en principio, figuras de bulto, relativas a pasajes bíblicos o de santos que se ubicaban en unas armazones de madera en forma de peñón llamadas roques. Estos monigotes fueron sustituidos a principios del siglo XV por actores. Los encargados de las representaciones eran sacerdotes y religiosos de los conventos de la ciudad, que acabaron convirtiéndose los entremeses o misteris. En la actualidad se conservan tres.

 

Para saber más: Calendario de las fiestas de la Comunidad Valenciana. Primavera. En su capítulo dedicado al Corpus Christi. Antonio Ariño Villarroya. Bancaja, 1999. Valencia.

Breve historia de la calle de la Paz (II)

El derribo de los antiguos edificios que impedían el trazado final provocó la aparición de otros nuevos, esta vez más suntuosos, de estilo modernista, en uno de ellos, en el número 17 como nota curiosa, nació el primer ascensor de la urbe.

Con la Exposición Regional se puede afirmar que se terminó la definitiva configuración de la calle, lo que no impidió que se presentaran diversos proyectos hasta los años 40 con la idea de prolongarla hasta la plaza del Mercado.

El carácter señorial de la calle atrajo pronto a comercios que la dotaron de un incipiente tránsito “rodado”, por lo que se construyó doble vía de tranvía, convirtiéndose en dirección única hacia la plaza de la Reina los domingos de 19 h. a 21 h. cuando volvían los coches y carruajes del paseo por la Alameda.

De los que negocios de aquella época prácticamente han desaparecido todos, pero vale la pena recuperar a algunos del olvido, como, por ejemplo, el muy conocido “Café El Siglo”, cercano a la plaza de la Reina, del que únicamente queda su rótulo, donde se podía jugar al billar y oír a una clásica orquesta. Muy próxima estuvo la corsetería de sugerente nombre “Madame X”, fábrica de caucho y ballenas de metal. En frente de ella, estuvo el establecimiento llamado El “Águila”, los primeros grandes almacenes en ofrecer prendas de vestir confeccionadas. También fue reseñable “La Camelia”, dedicada a flores artificiales para adornos de sombreros y solapas y, para terminar, también fue muy popular la pastelería La Rosa de Jericó.


013 (2)También en esta calle se establecieron tres casinos, dos de ellos desaparecidos; el primero “La Real Sociedad de Tiro de Pichón, a la entrada de la calle, a la derecha y “la Casa de Cataluña” a mitad, donde casi en frente pervive el último: “La Sociedad Valenciana de Agricultura”.

Y, acabaremos por indicar un hecho histórico, como queda reflejado en el número 42, la única placa de la ciudad que conmemora la ubicación eventual del Gobierno Republicano durante la Guerra Civil. Este edificio, donde estuvo el Hotel Valencia Palace, fue Casa de la Cultura de 1936 a 1937 y residencia de intelectuales republicanos evacuados de Madrid hasta 1939. De aquel casal dels Sabuts (‘casa de los sabiondos’) solo queda la fachada, restaurada hace poco, y la escalera principal que hoy forma parte de un hotel.

En este siglo XXI, la calle de la Paz mantiene ese aire de calle importante e histórica, con macetones a ambos lados en las aceras, teniendo como colofón al fondo, la torre de Santa Catalina. Sin embargo, la proliferación de tráfico de numerosos vehículos supone un problema para disfrutar plenamente de esta gran vía y su futura peatonalización dentro de un plan general del centro histórico no nos parecería mala idea.

Para saber más:

Origen e historia de las calles del centro de Valencia. Volumen I. Juan Luis Corbín-Ferrrer. Ed. Federico Domenech. Las Provincias. 2001. Valencia.

-Historia de la Ciudad; Arquitectura y transformación urbana de la ciudad de Valencia. Volumen III. Colegio Oficial de Arquitectura de la Comunidad Valenciana. Ayuntamiento de Valencia y Universitat de Valencia. 1994.

 

 

Breve historia de la calle de la Paz (I)

Los orígenes de esta emblemática calle de la ciudad hay que buscarlos en los profundos cambios urbanísticos que vivió Valencia a finales del siglo XIX. Había que hacer frente a la progresiva degradación de la zona interior de la ciudad y mejorar las pobres condiciones de vida de sus habitantes.

En aquella época, se abrieron pasos transversales en el corazón de la ciudad y uno de aquellos fue el de la calle de la Paz, pensada para sustituir a la calle del Mar. En 1868 fue ideado y velozmente comenzado su trazado para unir la zona ajardinada de la Glorieta con la actual plaza de la Reina o si, se prefiere, con la torre campanario de Santa Catalina. Fue llamada de la Revolución.

El plan de los arquitectos municipales Manuel Sorní y Juan Mercader para la nueva vía fue aprobado, pero el otro experto, Blanco y Cano se opuso aduciendo que no podía ser una calle para embellecer la urbe, sino que había necesidades más básicas que cubrir.

Por otro lado, las demoras del Gobierno central para ceder sus terrenos de los desaparecidos conventos de Santa Tecla y San Cristóbal hicieron que el estreno de la esperada travesía se prolongara en el tiempo hasta 1878.

La calle Peris y Valero o de la Paz en 1916.

La calle Peris y Valero o de la Paz en 1916.

Hasta entonces, la original calle se hallaba entre la plaza de Santa Catalina y la actual calle Luis Vives. El resto era un laberinto de cortas y sinuosas calles, llamadas a lo largo del tiempo; Capugers, Capsllevats, y el Forn de la Ceca u Horno de la Seca. Este último nombre está documentado desde mediados del siglo XVII, y hace referencia  a que en la misma se encontraba la Casa Real de la Ceca, es decir, donde se acuñaba moneda.

Lo del horno se debía a que al final de una de sus travesías había uno a la salida de esta calle, y tomó su nombre hasta 1862.

De todas maneras, el trayecto de la nueva arteria urbana nacía la plaza de Santa Catalina y llegaba hasta la calle Luis Vives. En 1893 se alargó hasta el cruce con la calle Bonaire y, dos años después, se le dio el definitivo empujón para urbanizar su último tramo.

Poco después, en 1899, le fue cambiado el primigenio por el de Peris y Valero, un político fallecido años antes, aunque, curiosamente, este nuevo nombre no sustituyó del todo al de la Paz, alternándose en años posteriores, perdurando finalmente, este último. Con el tiempo, el otro nombre daría vida a otra vía urbana.

A principios de 1900, ya estaba configurada la calle de la Paz hasta la Glorieta, tal y como la conocemos actualmente, una de las hermosas y vistosas de la ciudad.

Para saber más:

-Origen e historia de las calles del centro de Valencia. Volumen I. Juan Luis Corbín-Ferrrer. Ed. Federico Domenech. Las Provincias. 2001. Valencia.

-Historia de la Ciudad; Arquitectura y transformación urbana de la ciudad de Valencia. Volumen III. Colegio Oficial de Arquitectura de la Comunidad Valenciana. Ayuntamiento de Valencia y Universitat de Valencia. 1994.

Jerónimo cumple 400 invocaciones… ¡Felicidades!

El pasado 9 de marzo celebramos que Jerónimo Valeriola, el alma en pena dedicada a enseñar la Valencia histórica, cumplió 400 invocaciones. En el verano de 2008 reaparecía, después de más o menos un siglo, para descansar en paz de una vez por todas, y, ¡menos mal que está muerto!

En esa primera llamada (que no al orden) era requerido para mostrar la ciudad de otra manera, a través de un viaje en el tiempo, la Valencia que él conoció, (finales del XVI- principios del XVII), pero también la anterior época medieval y la posterior hasta comienzos de 1900.

Además, en cada una de esos 400 paseos, Jerónimo nos ha contado su triste historia, que, respetando los hechos, pocos saben, que, realmente sucedieron, por suerte o por desgracia, según se mire, porque, si no hubiese sido injustamente ajusticiado, no le habríamos conocido.

Poco se podía imaginar que 5 años y medio después, este “colgao”, como a veces le han llamado, siguiera con la misma labor con igual ingenio, inocencia e ilusión que la primera vez por las mismas calles, plazas, desapercibidos rincones, monumentos… La pregunta es evidente: “¿no te cansas de hacer siempre lo mismo? A lo que nuestro humilde espíritu responde: “¿cómo me voy a cansar si estoy muerto? De todas maneras”, añade, “ninguna ruta es igual, el itinerario se repite, lo que cuento es idéntico, pero cada día es diferente”.
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Y entonces ¿qué es lo que cambia?”, se le podría insistir. “El público, principalmente, sus reacciones, sus intervenciones, sus sonrisas y, a veces, hasta alguna carcajada. Por otro lado, a esto, se suma cualquier imprevisto que soluciono como puedo” sigue confesando Jerónimo, “como vagabundos que me saludan, ante la estupefacción de los asistentes, incluso, en una ocasión, uno de ellos, mientras me estrechaba la mano, se sacó de la manga un pequeño ratón, algún borracho que clama al cielo que lo que cuento es mentira, o algún espontáneo que, saliendo del portal su casa enfrente de donde estaba con el grupo, me preguntó: “¿de dónde has sacado esa historia?”.

Estas peripecias… ¿estaban preparadas? Quién sabe… Todo hace pensar que están más cerca de ser “cosas del directo” que por otros motivos, como las campanas tan sincronizadas que tocan en alguna ocasión al final de una sentencia, apagones de farolas sin razón y músicos callejeros que, sin querer, amenizan los relatos del fantasma.

Tampoco se le olvidan cabalgatas, desfiles, manifestaciones con las que Jerónimo ha tenido que compartir sus recorridos.

¡Cuántos relatos acaecidos contados y “vividos”! Imposible recordar todos, pero rescatando uno, a Jerónimo le viene a la cabeza aquella tarde en la que un paseante anónimo al verle, se paró delante de él junto al público y, al acabar aquella parada, le lanzó una moneda a lo que contestó: “Gracias, pero… ¿para qué la quiero?

Sólo queda por añadir: ¡Felicidades Jerónimo! Sabemos que seguirá reapareciendo cuando se le llame, ¿quién sabe si 400 veces más? De momento, celebramos las 400 primeras, que no está mal.

 

 

 

Breve historia de la plaza del Ayuntamiento (II)

Repasados sus distintos nombres y reformas, toda plaza que se precie debe mucho a los diferentes edificios que la rodean. Así, el más importante es el que le da nombre actualmente: el Ayuntamiento. Sin entrar en muchos detalles, podríamos decir que se trasladó su sede a mediados de 1800 cuando la Casa de la Ciudad se caía sin remedio. Entonces, se aprovechó la Casa de Enseñanza para niñas levantada en el siglo XVIII y su fachada se empezó a construir en 1897. Como nota curiosa el balcón, tan popular en fechas falleras, se alzó en 1970.

Otro edificio a destacar, esta vez desaparecido, fue la Estación Principal, donde hoy en día se levanta el edificio conocido como el de Telefónica, coronado con el nombre de la Equitativa, nombre de una antigua aseguradora. El artífice de aquella obra fue el ingeniero James Beaty en 1851. La estación favoreció que la plaza albergara mesones, hoteles, casa de comidas y agencias de ordinarios, como se conocían por aquella época, a las postas de las que salían las diligencias.

Otro de los edificios reseñables es el Palacio de Comunicaciones, más popularmente conocido como el edificio de Correos y Telégrafos, construido entre 1915 y 1922

Junto a inmuebles públicos se ubicaron otros privados como sociedades bancarias, cines, bares, hoteles y el Ateneo Mercantil, la nueva sede de la sociedad más importante de la burguesía comercial valenciana, que compró unos solares de la plaza para que se iniciaran las obras en 1934, siendo inaugurada en 1953.

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Como punto representativo de la ciudad, entre 1910 y 1940 se construyeron algunas de las casas más notables con los estilos arquitectónicos correspondientes a esos años; modernismo, eclectismo, casticismo y racionalismo.

Alguna de ellas sustituía a casas palaciegas de gran solera, como la de la calle San Vicente, esquina En Llop, donde se encontraba el palacio de los marqueses de Jura Real, cuya fachada daba a la plaza.

En 1909 se construyeron las casas “Noguera” chaflán de la calle Correo, del arquitecto Francisco Mora. Al lado se edificó la casa Suay.

Otro vivienda clasicista, obra de Francisco Almenar, fue el de la esquina de con la calle de las Barcas. En frente, otra construcción muy diferente fue la que albergó el Gran Hotel y Fonda de España fundado en 1899.

Siguiendo la plaza se encontró el cine Rialto, hoy teatro y también filmoteca, proyectado por Cayetano Borso de Carminatti en 1935.

Siguiendo con el arte, también los mejores fotógrafos escogieron aquella plaza para fundar sus estudios fotográficos a finales del siglo XIX, concretamente en la llamada bajada de San Francisco, el tramo comprendido desde las casas de la calle de San Vicente esquina con el pasaje de Ripalda donde estaba la plaza de Cajeros (hoy desaparecida) hasta la calle de las Barcas, aprovechando su gran afluencia de gentes.

Y, hablando de gentes, acabaremos con esta breve historia de la plaza, recordando su eminente carácter de punto de encuentro, casi desde su nacimiento, unas veces para reivindicar derechos sociales, demandas feministas, mejoras laborales por diferentes colectivos como blasquistas, anarquistas, círculos obreros hasta el reciente movimiento 15-M, otras para celebrar conmemoraciones, desfiles, cortejos municipales  tanto laicos como religiosos, y otras tantas, para actos de carácter lúdico, como cabalgatas, “mascletàs” en fechas falleras, etc.

 

Para saber más: Origen e historia de las calles del centro de Valencia. Volumen I. Juan Luis Corbín-Ferrrer. Ed. Federico Domenech. Las Provincias. 2001. Valencia.