Jerónimo cumple 400 invocaciones… ¡Felicidades!

El pasado 9 de marzo celebramos que Jerónimo Valeriola, el alma en pena dedicada a enseñar la Valencia histórica, cumplió 400 invocaciones. En el verano de 2008 reaparecía, después de más o menos un siglo, para descansar en paz de una vez por todas, y, ¡menos mal que está muerto!

En esa primera llamada (que no al orden) era requerido para mostrar la ciudad de otra manera, a través de un viaje en el tiempo, la Valencia que él conoció, (finales del XVI- principios del XVII), pero también la anterior época medieval y la posterior hasta comienzos de 1900.

Además, en cada una de esos 400 paseos, Jerónimo nos ha contado su triste historia, que, respetando los hechos, pocos saben, que, realmente sucedieron, por suerte o por desgracia, según se mire, porque, si no hubiese sido injustamente ajusticiado, no le habríamos conocido.

Poco se podía imaginar que 5 años y medio después, este “colgao”, como a veces le han llamado, siguiera con la misma labor con igual ingenio, inocencia e ilusión que la primera vez por las mismas calles, plazas, desapercibidos rincones, monumentos… La pregunta es evidente: “¿no te cansas de hacer siempre lo mismo? A lo que nuestro humilde espíritu responde: “¿cómo me voy a cansar si estoy muerto? De todas maneras”, añade, “ninguna ruta es igual, el itinerario se repite, lo que cuento es idéntico, pero cada día es diferente”.
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Y entonces ¿qué es lo que cambia?”, se le podría insistir. “El público, principalmente, sus reacciones, sus intervenciones, sus sonrisas y, a veces, hasta alguna carcajada. Por otro lado, a esto, se suma cualquier imprevisto que soluciono como puedo” sigue confesando Jerónimo, “como vagabundos que me saludan, ante la estupefacción de los asistentes, incluso, en una ocasión, uno de ellos, mientras me estrechaba la mano, se sacó de la manga un pequeño ratón, algún borracho que clama al cielo que lo que cuento es mentira, o algún espontáneo que, saliendo del portal su casa enfrente de donde estaba con el grupo, me preguntó: “¿de dónde has sacado esa historia?”.

Estas peripecias… ¿estaban preparadas? Quién sabe… Todo hace pensar que están más cerca de ser “cosas del directo” que por otros motivos, como las campanas tan sincronizadas que tocan en alguna ocasión al final de una sentencia, apagones de farolas sin razón y músicos callejeros que, sin querer, amenizan los relatos del fantasma.

Tampoco se le olvidan cabalgatas, desfiles, manifestaciones con las que Jerónimo ha tenido que compartir sus recorridos.

¡Cuántos relatos acaecidos contados y “vividos”! Imposible recordar todos, pero rescatando uno, a Jerónimo le viene a la cabeza aquella tarde en la que un paseante anónimo al verle, se paró delante de él junto al público y, al acabar aquella parada, le lanzó una moneda a lo que contestó: “Gracias, pero… ¿para qué la quiero?

Sólo queda por añadir: ¡Felicidades Jerónimo! Sabemos que seguirá reapareciendo cuando se le llame, ¿quién sabe si 400 veces más? De momento, celebramos las 400 primeras, que no está mal.

 

 

 

Breve historia de la plaza del Ayuntamiento (II)

Repasados sus distintos nombres y reformas, toda plaza que se precie debe mucho a los diferentes edificios que la rodean. Así, el más importante es el que le da nombre actualmente: el Ayuntamiento. Sin entrar en muchos detalles, podríamos decir que se trasladó su sede a mediados de 1800 cuando la Casa de la Ciudad se caía sin remedio. Entonces, se aprovechó la Casa de Enseñanza para niñas levantada en el siglo XVIII y su fachada se empezó a construir en 1897. Como nota curiosa el balcón, tan popular en fechas falleras, se alzó en 1970.

Otro edificio a destacar, esta vez desaparecido, fue la Estación Principal, donde hoy en día se levanta el edificio conocido como el de Telefónica, coronado con el nombre de la Equitativa, nombre de una antigua aseguradora. El artífice de aquella obra fue el ingeniero James Beaty en 1851. La estación favoreció que la plaza albergara mesones, hoteles, casa de comidas y agencias de ordinarios, como se conocían por aquella época, a las postas de las que salían las diligencias.

Otro de los edificios reseñables es el Palacio de Comunicaciones, más popularmente conocido como el edificio de Correos y Telégrafos, construido entre 1915 y 1922

Junto a inmuebles públicos se ubicaron otros privados como sociedades bancarias, cines, bares, hoteles y el Ateneo Mercantil, la nueva sede de la sociedad más importante de la burguesía comercial valenciana, que compró unos solares de la plaza para que se iniciaran las obras en 1934, siendo inaugurada en 1953.

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Como punto representativo de la ciudad, entre 1910 y 1940 se construyeron algunas de las casas más notables con los estilos arquitectónicos correspondientes a esos años; modernismo, eclectismo, casticismo y racionalismo.

Alguna de ellas sustituía a casas palaciegas de gran solera, como la de la calle San Vicente, esquina En Llop, donde se encontraba el palacio de los marqueses de Jura Real, cuya fachada daba a la plaza.

En 1909 se construyeron las casas “Noguera” chaflán de la calle Correo, del arquitecto Francisco Mora. Al lado se edificó la casa Suay.

Otro vivienda clasicista, obra de Francisco Almenar, fue el de la esquina de con la calle de las Barcas. En frente, otra construcción muy diferente fue la que albergó el Gran Hotel y Fonda de España fundado en 1899.

Siguiendo la plaza se encontró el cine Rialto, hoy teatro y también filmoteca, proyectado por Cayetano Borso de Carminatti en 1935.

Siguiendo con el arte, también los mejores fotógrafos escogieron aquella plaza para fundar sus estudios fotográficos a finales del siglo XIX, concretamente en la llamada bajada de San Francisco, el tramo comprendido desde las casas de la calle de San Vicente esquina con el pasaje de Ripalda donde estaba la plaza de Cajeros (hoy desaparecida) hasta la calle de las Barcas, aprovechando su gran afluencia de gentes.

Y, hablando de gentes, acabaremos con esta breve historia de la plaza, recordando su eminente carácter de punto de encuentro, casi desde su nacimiento, unas veces para reivindicar derechos sociales, demandas feministas, mejoras laborales por diferentes colectivos como blasquistas, anarquistas, círculos obreros hasta el reciente movimiento 15-M, otras para celebrar conmemoraciones, desfiles, cortejos municipales  tanto laicos como religiosos, y otras tantas, para actos de carácter lúdico, como cabalgatas, “mascletàs” en fechas falleras, etc.

 

Para saber más: Origen e historia de las calles del centro de Valencia. Volumen I. Juan Luis Corbín-Ferrrer. Ed. Federico Domenech. Las Provincias. 2001. Valencia.

Breve historia de la plaza del Ayuntamiento (I)

El origen de la emblemática plaza del Ayuntamiento se remonta a la época medieval. Tras la conquista cristiana, se levantó en esos lares el convento de San Francisco, documentado desde 1423 que, desde entonces, dio nombre a su entorno hasta el siglo XIX.

Hasta ese momento fue conocida como la plaza de San Francisco y también la “Devallada de Sant Francés”, el tramo desde la antigua plaza de Cajeros, donde actualmente convergen San Vicente y Mª Cristina hasta la plaza.

En 1835 marcó el inicio de la modernización de la plaza, pues la desamortización hizo que el convento pasara a manos del ejército, que albergaría un cuartel de caballería.

A partir de entonces, la plaza cambiaría según los cambios políticos. Así, en 1840, los liberales la bautizaron como la Plaza del general Espartero, tres años más tarde, sería sustituido por el de Isabel II, al ser coronada como nueva reina al cumplir la mayoría de edad.

Década y media después, en 1868, con motivo de la Revolución Liberal que destronó a la citada reina, fue llamada la plaza de la Libertad. Tras la vuelta de la Monarquía, en la persona de Alfonso XII, en 1874, periodo conocido como el de la Restauración, pasó a llamarse otra vez como la Plaza de San Francisco. Casualmente duraría los mismos años que el nombre de Isabel II, ya que en 1899, el consistorio decidió denominarla Plaza de Emilio Castelar, eminente político que había sido el cuarto presidente de la I República.

Este nombre se mantendría hasta 1939, año que acaba la Guerra Civil, cuando sería modificado por el de la Plaza del Caudillo en referencia al general Franco, llamada así durante toda la dictadura y unos años más, concretamente hasta 1978. En ese año, en plena Transición, fue denominada Plaza del País Valenciano.

Este último nombre duró hasta 1987 cuando nuevamente pasó a conocerse oficialmente como hoy en día. De todas maneras, hubo un último intento, de momento, de cambiarlo por el de Jaime I en 2008 con motivo del VIII centenario del nacimiento del Conquistador. La propuesta finalmente quedó en agua de borrajas.

Bajada de San Francisco en 1906

Repasados sus nombres, la plaza también fue modificada en su fisonomía, sobre todo a partir del primer tercio de 1900 debido a varias reformas. La de 1929 marcó un antes y un después: su transformación fue notable.

Los exóticos quioscos de estilo japonés que vendían flores desaparecieron. Como así también, las dos estatuas que “vigilaban” la plaza. La primera dedicada al pintor Ribera desde 1905 traída desde su ubicación inicial frente al edificio del Temple,“viajó” nuevamente adonde está ahora; en la plaza de Teodoro Llorente. La segunda en recuerdo del Marqués de Campo, más monumental y también fuente, fue a parar a la plaza de Cánovas del Castillo.

Aquella primera reforma duró más bien poco, ya que en 1933 y bajo la supervisión del arquitecto Javier Goerlich, la plaza subió de nivel en una gigantesca plataforma (conocida como “La Tortada”) por la que se ascendía por unas escaleras, rodeada por tres grandes fuentes, representando las tres provincias valencianas. Otras escaleras conducían a un semisótano, que albergaba el mercado de flores.

Sin embargo, aquella metamorfosis duró veinte años, ya que, después de varias transformaciones hasta 1961, la dejaron lisa.

En 1964, con motivo del 25 aniversario del término de la Guerra Civil, promovido por el régimen como “25 años de paz”, se “plantó” una estatua ecuestre del general Franco trasladada durante el periodo democrático. En 1993 fue inaugurada la estatua que se puede ver hoy en día, de Francesc de Vinatea, figura tan poco conocida que no extraña que pase tan desapercibida,  que fue primer jurado de la ciudad a principios del siglo XIV.

Para saber más: Origen e historia de las calles del centro de Valencia. Volumen I. Juan Luis Corbín-Ferrrer. Ed. Federico Domenech. Las Provincias. 2001. Valencia.

Breve historia del paseo de la Alameda

La historia del paseo de la Alameda comienza en 1642 cuando el duque de Arcos, virrey y capitán general de Valencia, ordenó urbanizar los extensos terrenos de huertas, acequias y una arboleda, conocida como el Prado.

Después de tres años, las obras estaban terminadas y tuvieron como colofón dos filas paralelas de álamos a lo largo del pretil del río.

Cincuenta años más tarde se levantarían las dos torres a la entrada del jardín, que hoy en día pasan tan desapercibidas, construidas bajo el mandato del intendente Rodrigo Caballero, que las dedicó a San Felipe y a San Jaime durante el reinado de Felipe V, como puede leerse en la inscripción correspondiente. Corría 1714. Cerca se construyó un templete utilizado para un par de conciertos en toda su historia.

Alrededor de un siglo después, concretamente en 1810, invadida Valencia por las tropas francesas del general Suchet, éste le dio un nuevo empuje al jardín en el que aparecieron numerosos laureles, plátanos, cipreses, naranjos y limoneros.

En poco tiempo, se convirtió en el paseo favorito de las clases más selectas de la sociedad valenciana que le encantaba dejarse ver a lo largo de su travesía con sus diferentes carruajes, como los landós o tartanas.

La Alameda a principios de 1900

Hasta Maximiliano de Austria, cuando visitó la ciudad en 1858, lo comparó con el Prater de Viena: “donde se encuentra toda la sociedad elegante que pasea en carruajes”.

Esta tradición continuó hasta inicios del siguiente siglo. Unos años antes, en 1871, la historia de la Alameda se vinculó desde entonces a la Feria de Julio, fiesta nacida para que las clases pudientes no abandonaran la ciudad recién empezado el verano, con la correspondiente bajada de ventas por parte de los comerciantes.

La época dorada de la Alameda empezaba con los diferentes actos que se celebraban durante la Feria como, por ejemplo, el fin de los Juegos Florales organizado por la asociación Lo Rat Penat  con conciertos de rigodón y de valses, con la implantación de improvisados pabellones patrocinados por las instituciones más importantes; el Gobierno Civil, el Ayuntamiento, Casino de Agricultura, entre otras… que reunían a la creme de la creme de la aristocracia de la burguesía del momento para bailar y entretenerse, y  la muy lucida y brillante Batalla de Flores, único festejo que ha sobrevivido, nacido en 1881 a petición del barón de Cortes.

De aquellos tiempos, también se han mantenido las dos fuentes más hermosas de la urbe. La primera llamada de Las cuatro estaciones, próxima a los Jardines del Real, siendo su promotor el alcalde de la ciudad Francisco Brotons en 1861. La segunda, ubicada cerca del puente de Aragón, siguiendo el proyecto y planos de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Inicialmente inaugurada en 1852 en la plaza del Mercado, frente a la Lonja, 26 años después se trasladó donde hoy en día se encuentra.

En la parte más alejada del río hay otra tres fuentes no tan monumentales; la de Flora, obra de José Piquer, de 1864, la fuente monumento del Doctor Moliner, cuya autoría es de José Capuz de 1919 y otra fuente anónima, cercana al templete que se construyó hace unos decenios para los feriantes que se instalaban en Navidad.

Otros monumentos completan el paisaje de la Alameda, como el dedicado a Cavanilles en 1905 y al de Luis de Santángel, rescatados del olvido sólo en fechas conmemorativas.

En las últimas décadas, ha servido para la celebración de acontecimientos de toda índole: culturales, deportivos, militares e incluso religiosos, como la misa de Juan Pablo II en 1982.

Hoy en día, la Alameda conserva bellas zonas de las que disfrutar, como el umbráculo de las glicinas o los frondosos ficus protectores, a pesar de que se ha convertido en una zona de tránsito y aparcamiento de coches que desaparecen cuando se organizan actividades de carácter lúdico.

Para los más curiosos: Los Jardines de Valencia, Mª Ángeles Arazo/Francesc Jarque. Ayuntamiento de Valencia. 1993. Valencia.

 

Breve historia del palacio de Cervelló

El palacio de Cervelló aunque data del siglo XVIII, su origen hay que buscarlo en la persona que dio origen al linaje; Juan Cervelló, que provenía de Cataluña, primer señor de Oropesa, Caballero de la Orden de Calatrava en el primer tercio del siglo XVI. Sin embargo, el que realmente estrenó el título de conde de Cervelló fue Gonzalo de Cervelló y Mercader en 1654.

La historia propiamente dicha del palacio se inicia a partir de 1810, cuando el palacio del Real,  al otro lado del Turia, es destruido a causa del inminente ataque de las tropas francesas durante la invasión napoleónica. Hasta ese momento había sido la residencia oficial de los monarcas españoles que visitaban la ciudad.

Durante el dominio francés, pronto fue aprovechado por el Mariscal Suchet, que organizó conciertos de música en el año y medio que vivió en la morada de los Cervelló.

Acabada la contienda,  vivió en el palacio el barón de Albalat, no por mucho tiempo, pues acabó de manera trágica. Un día se congregó ante sus puertas una muchedumbre gritándole y acusándole de afrancesado. El noble pensó trasladarse a la Ciudadela en compañía de un sacerdote para sentirse e seguro, pero tal circunstancia no calmó a la gente, sino más bien todo lo contrario, y fue asesinado.

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De distinto modo, fue recibido el monarca Fernando VII cuando vino a la ciudad y se alojó en el palacio de los Cervelló. Corría el año 1814, durante el cual pasó 20 días, jalonados de fiestas y actos en honor al nuevo rey.

Seguramente más importante resulta saber que un día antes de volver a la corte, el 4 de mayo, Fernando VII firmó el Decreto disolviendo las Cortes y eliminando la Constitución de 1812.

El palacio no volvería ser ocupado hasta 1840 por otro rey, en este caso la reina Regente, Maria Cristina, también en una época convulsa para el país, tan difícil que la reina abdicaría ese mismo año teniendo que exiliarse, siendo sustituida por el general Espartero.

Cuatro años después, Isabel II, hija de Fernando VII, alcanzaba la mayoría de edad, convirtiéndose en la nueva reina del país. Visitó la ciudad alojándose en el susodicho palacio.  No tuvo que estar a disgusto cuando en las dos ocasiones posteriores que vino a Valencia, fijó su residencia en el mismo lugar.

Una vez más, como parecía estar destinado, el palacio fue visitado en difíciles circunstancias históricas, esta vez por Amadeo de Saboya, rodeado de un modesto trajín (1871). La fiesta no estaba para bollos, como suele decirse. 4 únicos días pasó en la ciudad, en los que visitó fábricas, centros, edificios importantes, eso sí… ¡de incógnito! … sin escolta y de paisano. Así no llamaba la atención y aprovechaba para conocer mejor los problemas sociales de aquel momento. Sería el último monarca en alojarse en el palacio.

Años más tarde, durante la II República, el palacio es atacado, como otros tantos de renombre de la ciudad. En esa época, se convertirá en sede de la Derecha regional. El palacio volvía a ser protagonista de decisiones políticas.

Tras la guerra civil, fue alquilado por zonas, utilizándose para diferentes menesteres; como un carpintería, una academia… Después de unos años, cerró sus puertas, comenzando un periodo de decadencia hasta que el Ayuntamiento, ya en época democrática, lo adquirió, haciéndose cargo de su restauración.

Hoy en día, además de museo es sede del Archivo Municipal de la ciudad y también se ubica una biblioteca municipal.

¿Qué queda del palacio original después de tanta “vida”? Pues únicamente la fachada principal, ya que el resto ha sido modificado en diversas ocasiones.

Para los que tengan más interés; Palacios y Casas Nobles de la ciudad de Valencia. Francisco Pérez de los Cobos. Ayuntamiento de Valencia. 2008. Valencia

Breve historia del Teatro Principal a partir de 1832 (II)

En sus primeros meses asistió tanto público, que se decidió ampliarlo. Tras diferencias técnicas, se eligió al arquitecto Juan Marzo, que construyó el cuarto piso. Las obras empezaron en 1833. No sólo sirvió para fueran más asistentes, sino también, darle una mejor estética.

Tras la innovación, el teatro se pareció bastante al que ha llegado a nuestros días, pero con matices, ya que las reformas continuaron sin acabar del todo el coliseo.

Surgieron varios problemas en esos años, como la aparición de goteras, cuya solución pasó por la colocación de una superficie de zinc. Mejor decir que fue un parche, ya que se tuvieron que llevar más obras para impermeabilizar la cubierta en 1845, 1852, 1857, 1862 y años posteriores.

También supuso una dificultad la edificación de la fachada del teatro, inconclusa desde los años 40. Pedro Henrich, encargado de la gestión teatral en 1842 hasta una década después, se comprometió  a terminarla. Pero 8 años más tarde, al dimitir, la fachada seguía igual.

Las obras de más calado durante ese periodo fueron las que ejecutó la Junta Municipal de Beneficencia, encaminadas a aspectos ornamentales y mejoras de diversa índole; como la colocación de alumbrado de gas, columnas, esculturas en cornisas, etc… eso sí, aún faltaba la fachada.

Como el Hospital no tenía fondos suficientes, todo estaba en manos, mejor decir en los bolsillos, de un empresario teatral. El “salvador” fue Javier Paulino y el arquitecto elegido José Zacarías Camaña, que en los años 1853-54 terminaron con gran rapidez la fachada de estilo neoclásico tardío.

El mismo arquitecto acabó el Teatro Princesa en 1853 y, desde entonces, el coliseo, conocido por todos como el teatro del Hospital o Teatro Cómico o Teatro sin más, fue denominado Principal para distinguirlo del nuevo.

Así, el Teatro Principal, totalmente acabado se reinauguró en septiembre de 1858. Su aforo llegaba hasta las 1871 localidades, aunque podía ascender hasta las 2500, pues no importaba mucho la comodidad ni la seguridad.

A partir de entonces, el teatro sufrirá varias y pequeñas reformas, necesarias para hacer frente al paso del tiempo. En los años setenta se quitarán poco a poco los palcos del 2º y 3er piso en favor de filas de butacas, se subirá la cubierta del escenario y se colocará una marquesina de hierro en su exterior para cubrir las taquillas (1877) siendo ampliada siete años después.

En 1882 llega a la ciudad la luz eléctrica y al teatro también. A finales del siglo XX los diferentes encargados llevan a cabo más mejoras.

A partir del nuevo siglo, el Teatro Principal pasa por tres fases en sus reformas; en los años 40, 60 y 80 respectivamente. Los protagonistas de las obras fueron dos arquitectos provinciales; el primero, Vicente Rodríguez, que acaba la decoración que ha llegado hasta hoy, y el segundo, Luis Albert Ballesteros, que en 1945 reformó el acceso  principal y el vestíbulo con detalles estéticos. Éste último llevó acabo la remodelación más destacada cuando se abrió la calle Poeta Querol con la de las Barcas. Se destruyó la manzana adyacente y desapareció la calle Fidalgo.

Esto dejo entrever la decadencia de las fachadas secundarias, de las que la más visible se le lavó la cara con ladrillo rojo cara vista. Por falta de presupuesto las restantes no sufrieron cambios.

En los años 80, los arquitectos provinciales G. Stuyck y A Peñín intervinieron en más reformas adaptando el teatro a los nuevos tiempos, eso sí, respetando los aspectos históricos sin dejar de lado el funcionamiento del mismo.

 

Para saber más: El teatro Principal de Valencia. Acústica y Arquitectura . Arturo Barba y Alicia Giménez. Teatres de la Generalitat y Universidad Politécnica de Valencia. 2011. Valencia.

 

El Teatro Principal en 1919

El Teatro Principal en 1919

Breve historia del Teatro Principal (I)

Anteriormente al Teatro Principal hubo varios teatros históricos; como la Casa/Corral de la Olivera o la Botiga de la Balda. En este último se ofrecían representaciones cuando llegó a Valencia una compañía teatral italiana que venía con un repertorio operístico. Corría 1767. Acabadas las funciones, la compañía intentó quedarse más tiempo a cambio de levantar una casa-ópera en los mismos terrenos que en su día estuviera el Corral de la Olivera (actual calle Comedias).

Su arquitecto y escenógrafo era Felipe Fontana, al que se le propuso la realización del proyecto en estilo italiano en 1770. Al año siguiente, el Consistorio compró los planos y decidió llevarlo a cabo.

Oficialmente, podría considerarse el 3 de marzo de 1774 como la fecha del nacimiento del Teatro Principal, cuando por Real Cédula se creó una junta direccional, compuesta por el Hospital y el Ayuntamiento, para ejecutar el nuevo coliseo.

La citada junta siguió los planos de Fontana adquiridos por el Consistorio. En 1775, aprobado el proyecto por la Real Cámara por parte de Carlos III, empezaron los problemas debido a la falta de recursos del Hospital y la magnitud excesiva del nuevo teatro, lo que retrasó su comienzo unos treinta años.

Mientras tanto, la temporal Botiga de la Balda acogería las diferentes representaciones, con períodos de pleno funcionamiento, prohibiciones y mejoras en sus instalaciones.

En 1804, Cristóbal Sales se hace cargo de los planos iniciales, arquitecto del Hospital de Valencia, introduciendo algunos cambios, incluso su ubicación, trasladándolo al “Cuartel llamado de la Paja y calle de las Barcas”.

El 14 de enero de 1808 se colocó la primera piedra, junto a la cual se depositó una caja de vidrio que contenía, entre otros aspectos, una inscripción con los protagonistas de aquel acto, algunos destacables fueron: Francisco Javier Alpiroz, miembro del Consejo Real y los directores de la obra o arquitectos Cristóbal Sales y Salvador Escrig.

Un año después, levantados los muros hasta los dinteles de las puertas de platea, los trabajos cesaron debido a la Guerra de Independencia.

A partir de entonces, a causa de penurias económicas, las obras del coliseo cayeron en el olvido durante más de 20 años, a pesar de diversos intentos de proseguir sus trabajos al acabar la guerra en 1814.

A los evidentes problemas pecuniarios se le unieron otros de orden ideológico, pues la Junta del Gobierno del Hospital encargada de continuar los trabajos la presidía el arzobispo de la ciudad.

Incluso se celebraron peleas de gallos donde estaría la platea, lo que evidencia en aquella época la afición por este entretenimiento.

Las obras se reanudaron gracias a Manuel Fidalgo, intendente del ejército en la provincia. Para tal fin, Fidalgo negoció con la   Junta unos créditos y organizó bailes de máscaras para recaudar fondos.

En 1831, el arquitecto Juan Marzo Pardo retoma el plan de menores dimensiones eliminando el último piso de palcos, la tertulia y el espacio llamado “clavicordio” o “címbalo” (cámara subterránea).

Los alrededores del teatro sufrirán “daños colaterales”: se acondicionarán las nuevas calles peatonales paralelas y los accesos al teatro, reconstrucciones de edificio, la demolición de una casa, se abrirán nuevas calles laterales…

Las obras se desarrollaron a gran velocidad, pero que no pudieron acabar la fachada ni la decoración interior. Aun así, el teatro se inauguró el 24 de julio de 1832 con una lectura de un poema del Duque de Frías, la comedia de Luis XIV el grande y el segundo acto de la ópera Cenerentola de G. Rossini.

 

Para saber más: El teatro Principal de Valencia. Acústica y Arquitecttua . Arturo Barba y Alicia Giménez. Teatres de la Generalitat y Universidad Politécnica de Valencia. 2011. Valencia.

El Teatro Principal en 1903

El Teatro Principal en 1903

Breve historia del Cementerio General a partir de 1900 (y III)

La nueva centuria trajo consigo una nueva ampliación, proyectada en 1901, que dejaría a la necrópolis con más de 63.000 metros cuadrados. Paralelamente, la ciudad crecía gracias al primer ensanche de la ciudad, liberada de sus murallas. De hecho, en medio siglo, había doblado su población con más de 210.000 habitantes.

En estas primeras décadas se aprobó un nuevo Reglamento para el Régimen y gobierno de los cementerios católicos (1913) y se sucedieron nuevos panteones. Esto lo convirtió, según palabras de José Martínez Aloy, cronista de la ciudad: “…en espléndido muestrario de monumentos hechos a todo coste por los mejores artífices, utilizando los mejores mármoles…”

Los diferentes estilos arquitectónicos se entremezclaron con los cánones clásicos y frente al uso de figuras simbólicas sobre la Muerte, apareció la del ángel, protector del difunto y unido eternamente a su tumba.

Por otro lado, el Ayuntamiento se hizo paulatinamente con un mayor control sobre el camposanto debido a una legislación favorable.

Durante la segunda República, las tumbas en bajorrelieve cobraron importancia, decayendo las sepulturas monumentales a causa de su precio excesivo relacionado con la mano de obra, los materiales y la falta de especialistas.

En otro aspecto, poco antes de estallar el conflicto armado, el Cementerio General mantenía un carácter de bello jardín, según un periodista coetáneo: “El cementerio de Valencia es el más estupendo jardín de cuantos existen de la ciudad…”

Durante la guerra civil, se enterraron víctimas de ambos bandos, prohibiéndose desde casi el primer día cualquier manifestación católica hasta acabada la contienda.

A partir de la década siguiente, las consecuencias bélicas conllevaron una insensibilización hacia la muerte, se conservaron sus jardines y los panteones se caracterizaron por formas geométricas, contundentes y sin adornos.

La Ley de Bases de Régimen Local de 1945 ratificó que los servicios relacionados con el cementerio corrieran a cargo del Consistorio municipal. Una década después, un nuevo decreto confirmaba lo anteriormente citado, añadiendo gravámenes en algunos aspectos; valor de los ataúdes, carrozas…

A mediados del siglo, la extensión del Cementerio llegaba hasta los 175.000 metros cuadrados, con 40.000 nichos y 1.200 panteones con más de cien trabajadores.

Sin embargo, estas dimensiones, no solucionaron el eterno problema de saturación que sufría periódicamente la necrópolis y se pensó levantar un nuevo cementerio en la antigua carretera de Barcelona, al norte de la ciudad, pero la propuesta se quedó en un cajón, decidiéndose aumentar el primigenio Cementerio.

Esto provocó la pérdida progresiva de conjuntos ajardinados, tan necesarios en estos entornos tan fríos e incómodos.

En los años sesenta, se llevaron a cabo construcciones de unas cuantas manzanas de nichos, colocándose losas de hormigón armado prefabricadas junto con un tabique exterior, formando una cámara de aire, para evitar emanaciones tóxicas, siguiendo las normas de la policía sanitaria de cadáveres.

Dos décadas después, se aprobó una nueva disposición por el Ayuntamiento referente al Régimen y gobierno de los cementerios municipales (1987).

Anteriormente, en 1985, se proyectó la última y más ambiciosa ampliación, sumando 270.000 metros cuadrados, suficientes para los futuros 25 años.

En este periodo, se inauguró el crematorio municipal, ubicado en un edificio reciente, no exento de polémica debido a las quejas de los vecinos de los barrios cercanos por los posibles dañinos humos.

Esto, sin embargo, ha supuesto que, actualmente, haya menos enterramientos (4.500 anuales) en detrimento de las cremaciones (2.700 anuales), que suelen preferirse.

Por último, en el año 2000 se construyó un  tanatorio municipal con 16 velatorios, dos capillas, cafetería, etc… Estas modernas instalaciones no han sido obstáculo para que el Cementerio goce de un Nivel de Protección 2 del Catálogo de Bienes Protegidos por el Ayuntamiento, fortaleciendo sus más de 200 años de historia.

 

Para saber más: El Cementerio General de Valencia. Historia, arte y arquitectura 1807-2007. Miguel ángel Catalá Gorgues. Editorial Carena, Valencia, 2007.

Panorámica del cementerio en 1888.

Panorámica del cementerio en 1888.

Sobre el estreno de la Ruta de las mujeres de Valencia (¡Por fin!).

Este fin de semana, por fin, se estrenó la última entrega de Valencia History Tour, “algo” que, en ocasiones, es difícil de definir: ¿una ruta? ¿un paseo? ¿un teatrito?… o eso… “eso que haces por la calle…” me llegó a decir un día una mujer. No me quiero imaginar la cara de alguien que pasara por allí y escuchara esa frase fuera de contexto.

Digo “por fin”. Para quien se considera un creador de “eso, de esto o de aquello” siempre es un reto acabar lo que se ha empezado. Sólo por una cuestión lógica: conlleva un tiempo de elaboración. ¡Cuántas horas dedicadas a investigar, buscar, ensayar, cambiar, reflexionar, volver a cambiar, probar… ¿y esto cuándo acaba? La tarea se convierte en paciencia, (¡ay, para quien no la tenga!) Nada importa cuando el día señalado es ¡hoy! Saltan las alarmas… Ha llegado el momento en el que puedo decir: “¡por fin!”

No se podía haber elegido una tarde mejor. Una tarde de perros. Viento, frío… eso sí, sin ladridos… El teatro de calle incluye detalles climatológicos a los que mejor no dar mucha importancia. El directo y al aire libre es lo que tiene. ¿Una anécdota? ¿Un presagio? Inexplicablemente a mitad de la ruta se fue el viento y la temperatura mejoró. Cosas del directo.

Pero estrenar no conlleva un “ya está”, sino un “continuará”. ¿Una especie de historia interminable? (Otro tema sería cuándo se acaba algo que tiene que ver con el arte, que daría para otro artículo). El bebé ha nacido, pero el trabajo no ha terminado. El embarazo es un buen símil, tan adecuado como poco original. Lo sé. Cada ruta es como un hijo, como un músico considerará sus discos o un director de cine sus películas. Ya sé, nada nuevo… pero “¡Por fin!”

Las mujeres de Valencia empieza a dar sus primeros pasos, mejor decir, a gatear… sus primeras sensaciones han sido positivas. En cada parto sigo siendo un padre primerizo… los miedos, las inseguridades, los nervios… forman parte del creador y la criatura. Ambos están satisfechos y con ganas de crecer. Se sienten agradecidos por quien vino a verla nacer y por los que vendrán a verla más adelante, sin duda, más grande y más guapa.

¡Larga vida a “Las Mujeres de Valencia”! ¡Por fin!

Breve historia del Cementerio General desde 1850 hasta 1900 (II)

A esta originaria expansión del camposanto, se unió la construcción de una sala de disección anatómica, siendo sustituida por otra unas dos décadas más tarde debido a su ruinoso estado.

El paso del tiempo también afectó al estado del camino que llegaba al cementerio, y se tuvieron que acometer obras para nivelar y reparar los terrenos, añadiendo dos fanegadas de tierras limítrofes.

En 1847, debido a la gran cantidad de nichos dentro del cementerio, el Ayuntamiento tuvo que comprar más extensiones, incororándolas a la necrópolis.

Un decenio después, las autoridades aprobaron el Reglamento para el Cementerio de Valencia, en el que se recogían las necesarias normas relacionadas con su cuidado y conservación, la edificación de monumentos, obligaciones de sus trabajadores y su dirección, de la que se encargaba su capellán.

Ese mismo año, los precios para los nichos de primera, o a perpetuidad, subirían de manera escandalosa, casi el doble, pasando de 800 reales a 1.500, como así también se encarecerían las tumbas más modestas sin llegar a esa cantidad, claro está.

Por aquella época, el camposanto era popularmente conocido como l’Hort de les Palmes (el huerto de las palmeras) por la abundancia de estos árboles, que vivían entre sauces, naranjos, cipreses, pinos, entre otros, y demás plantas, como los rosales, buganvillas, jazmineros… Todo este conjunto, que daba un aspecto silvestre y hermoso, paulatinamente fue reemplazado en detrimento del arte funerario, al contrario que en muchos cementerios europeos.

Las familias más distinguidas también quisieron mantener las distancias sociales en el descanso eterno mediante la construcción de panteones. El primero data de 1846, cuando el matrimonio de los futuros marqueses de San Juan le dedicó una sepultura familiar a su hijo, muerto tres años antes en extrañas circunstancias. Sólo contaba con veinte primaveras.

Durante la festividad  de Todos los Santos

Durante la festividad de Todos los Santos

A partir de ese momento, se consolidaron cinco tipos de sepulturas según el status social y poder económico. En la cúspide, los panteones más lujosos con su propia capilla incluida, donde celebrar oficios religiosos, en segundo lugar, las “sepulturas de familia” o panteones más “modestos”, seguidos de criptas, de los nichos y, finalmente, de la fosa común, para los más necesitados.

Durante el mismo periodo, se llevaron a cabo más reformas por el Ayuntamiento, como un paseo central, su limpieza, nivelación del suelo, el establecimiento de un horario de visitas, etc. y una nueva ampliación en los años setenta con el añadido en una de sus secciones de los pórticos dóricos con 160 columnas, acabados en 1892.

Poco antes, en 1885, la ciudad vivió un año trágico debido a una virulenta epidemia de cólera que se saldó con 5000 muertos sobre una población de 170.000. Para tal desgracia, se abrieron dos zanjas que sirvieron de sepultura para las víctimas y en memoriam se levantó tiempo después una monumental cruz.

Cabe destacar en este contexto, el encargo de un proyecto de horno de cremación (no crematorio) que funcionaría dos décadas más tarde, en 1912.

En 1891 se acordó la construcción de un Cementerio Civil, dentro del General incomunicado hasta la II República y separado otra vez durante el franquismo hasta 1979, cuando pasó a formar parte de la sección 4ª izquierda.

Para saber más: El Cementerio General de Valencia. Historia, arte y arquitectura 1807-2007. Miguel ángel Catalá Gorgues. Editorial Carena, Valencia, 2007.